Lo sé…

Te sientes extraviada, lo sé. He estado en esa “ninguna parte” donde crees estar, donde solo hay tinieblas y un frío que cala hasta la médula y te hace tiritar y llorar, arrojar lágrimas que no brotan y gritos que nadie parece escuchar. Lo sé, tienes miedo, de pronto tu corazón late a un ritmo inexplicable y sientes que el oxígeno fue hurtado; intentas levantarte pero la oscuridad te impide saber si lo lograrás y entonces, con el cuerpo dolorido, decides permanecer inmóvil.

No hay silencio, ahí donde crees que te has perdido hay voces que no paran; unas que aparecen como viejas conocidas y otras nuevas cuyo lenguaje a veces comprendes pero no del todo, como si susurraran en un idioma ajeno al tuyo, al mío, al de todos y de nadie. Porque así se siente cierto? Que respiras un aire desconocido, pesado y asfixiante. Y entonces el miedo se vuelve pánico y paraliza, ruegas caer en los brazos de Morfeo y permanecer ahí sin fecha de retorno. Pero Morfeo duerme, o está distraído, no sabe de súplicas -o no quiere saber- .

Cada minuto de cada hora, de cada día, resulta un desafío que no crees que sea posible superar. Sí amor mío, te sientes extraviada, lo sé.  Habitando en el no me acuerdo, extrañando el todavía y sin posibilidad alguna de vislumbrar el ojalá. No solo es triste y aterrador, es sobre todo desgastante, por eso te sientes exhausta además de extraviada…pero no lo estás.

Todo en la vida, absolutamente todo, tiene fecha de caducidad.  Aunque ahora parezca que la vida se detuvo, o que pasa demasiado a prisa frente a ti, te pido por favor que confíes en mí. Otras veces lo has hecho, así que voltea a tu álbum de imágenes del corazón y rescata una, la que más refleje algún estado similar a éste que atraviesas y obsérvala detenidamente… me ves? También entonces estuve ahí, junto a ti.  Ayer como ahora, como siempre.

Cierra los ojos y sostén esa imagen, apriétala fuerte contra tu pecho, cerca del corazón.  Poco a poco sentirás cómo tu pulso comienza a descender y podrás entonces estirar los brazos, justo a la altura donde los míos te esperan para demostrarte que esa nada donde crees estar es un espejismo, un malvado truco de la sin razón que a veces se adueña de la serenidad, de la luz, del amor y lo que llamamos fe.

Sé que duele, pero no permitas que eso te detenga, confía en mi como ayer, como siempre.   Y muy pronto, ya verás, tus dedos se entrelazarán con los míos y con la fuerza infinita del amor que te profeso, lograré sostenerte y juntas, saldremos de ahí, donde te crees extraviada.  Secaré entonces tu carita de las lágrimas que nadie ve, echaré mano de la paleta de colores que al nacer me regalaste y con todo lo que nuestro es, dibujaré el laberinto cuya salida hoy conozco y comenzaremos – quizá lentamente – a descubrir la ruta que devuelve a la luz.

Así que no temas princesa, piensa en el mar y en la tinta que en la piel te espera… será el regalo perfecto para tatuarte en el alma el recuerdo de este extravío, que aunque lo sientas, no es. Porque te amo, lo sé.

Era Santa también

Era Santa como ahora, la semana aquella en que feliz recibí el esférico regalo que llevaba la firma de quien había ganado la partida.

Era Santo como ahora, aunque abril y no marzo, el fin de semana que abracé tu triunfo, que se convirtió en festejo – con otros, como siempre- y emborrachó al amor que se volvió secreto.

Es Santo ahora, el jueves que espera lo que no se debió y no llegará. Porque los secretos no se festejan y no hay más borrachos que pretendan ser Santos, como antes, con los otros.

Las puertas del baúl

“No aparezcas más sin avisar…” Así inicia una de las canciones favoritas de Lara, autoría de su amado Silvio.

Esto de la música en la vida de Lara es todo un “tema” como está de moda llamar a casi todo, así: “el tema”. Confieso que, a pesar de utilizar el término, me resulta insulso; pero bueno, aplicaba en esta ocasión. No es frecuente que Lara escuche música que no le evoque algún recuerdo o la traslade a algún lugar, olor, sensación… De hecho, hasta hace muy poco comenzó a escuchar música sin letra, es decir, que no sean canciones. Silvio y el Maestro, su Facundo, siguen siendo y serán los preferidos.

Bien, retomando “No aparezcas más sin avisar”, alguna vez se supo que era algo así como la segunda parte de “Ojalá”, esa que se hizo comercial entre los no seguidores del cubano por romántica, por abrazar el desamor como se intenta, a veces, abrazar el olvido. Y es que Lara era experta en esto de corretear al olvido, de perseguirlo como sabueso a presa, a pesar de miles de fallidos intentos por alcanzarle. Esto también, como muchas otras cosas, ha quedado en el destiempo que en algún momento se consideró único y que hoy se desdibuja para regocijo de Lara.

El anheladísimo olvido finalmente llegó en muchos de los departamentos que conforman el edificio de emociones de Lara. Inevitablemente, con el olvido llegó también el sosiego, el bendito consuelo de dejar de anhelar lo que no pertenece, lo ajeno, lo pasado. Sin embargo, no todos los departamentos de los que Lara es dueña están ahora llenos de presente, del aquí y ahora, de lo que allá en su espacio llaman “por hoy”… lo que resulta todavía un tanto utópico o, incluso, se podría confundir con el autoengaño tantas veces utilizado que pasó a formar, casi por completo, parte de su vida (o de lo que llamaba vida) y que por muy corto margen no terminó con la razón.

Sigue habiendo puertas -muchas- que aún se abren y arrojan con fuerza en el rostro de Lara sentires que se creían sepultados… olvidados, pues. Y hay una, predilecta, que debe mantenerse cerrada por sugerencia del Mentor y de la que Lara no ha podido desechar la llave, quizá porque no la encuentra, porque se extravió como el Unicornio, o porque quiere seguir pensando que no la tiene, que la tiene ese alguien más, el dueño de la mirada que Lara se robó cuando ladrona fue del verde sutil e inconfundible que la cautivó por años.

Por eso, de vez en vez y a escondidas como niño que juega sin permiso, Lara abre esa puerta sin número y disfruta aunque sea por instantes de lo que aún cree que puede llamarse amor. Pero, muy a su pesar, ahora sabe lo que antes no y el autoengaño dejó de ser opción. Así que solo la abre, recibe el ventarrón de supuestos y de líneas creíbles pero inciertas y se apresura a cerrarla, en intentos casi siempre fallidos de poder ya no digamos cantar, sino solo tararear “no aparezcas más sin avisar…”