El vino se lo llevó

Es común en el país de Lara encontrar puestos ambulantes en donde se puede “echar taco”, es decir, consumir un apetitoso platillo (generalmente mexicano) en plena banqueta.  Encuentras sopes, quesadillas, tortas, tamales y por supuesto tacos, de todos colores y sabores.  Así es la barbacoa de “El Güero de Yugoeslavia” o para muchos simplemente “El Güero” que se pone cada fin de semana en la esquina de la cuadra donde Lara ha vivido por muchos, muchos años.

El Güero, ese de la fotografía que ahora figura en la manta del negocio, junto a un lazo negro de luto.  La barbacoa no es la mejor, normalmente está fría porque el puesto es más que rústico en su tipo.   No hay brasero y por lo tanto no hay comal; así que las tortillas salen de una hielera improvisada para mantener el calor y la carne del borrego muerto antier, sale directo de las pencas que cargan en huacales de plástico.   Pero el consomé, ese sí es sabroso!  No tan rebajado con agua como en la mayoría de los puestos; con El Güero, el consomé además de garbanzo, siempre sabe a carnita y pica rico.

Cada sábado o domingo, es común ver taxistas que se detienen desde temprano y hasta aproximadamente las 2 de la tarde en la esquina de Zempoala y Luz Saviñón, en la querida colonia donde Lara vivió su infancia y después su etapa de madre en el antes Distrito Federal.  Estacionan sus taxis ahí, sin preocuparse por cerrarlos o incluso mal estacionados, porque se sientan rapidito a echarse un taco y un consomé.   Los refrescos son aparte, normalmente tibios también (no fríos, como le gustan a Lara) y no, no hay cerveza pero no falta quien ya la trae pa’ “curarse la cruda”.  Llega gente de todo tipo y posición, desde las señoras que tempranito van camino a misa, hasta los trasvestis que van rumbo a casa después de sus jornadas de nocturno trabajo y mucha gente trasnochada, mucha.

Estatura por arriba del promedio del mexicano, con su pantalón de mezclilla y sombrero norteño, casi siempre con camisa a cuadros limpia y planchada.  Blanco, de esos que hasta rojos se ponen con tantito que les da el sol, manos grandes y con  grietas que te platicaban a gritos horas y horas de trabajo, mucho trabajo -del difícil para el cuerpo, no del otro, donde la dificultad no estropea las manos-.   Semblante siempre serio, voz casi inaudible, ojos claros -no verdes, ni azules- de ese color un tanto grisáceo que algunos llaman “de agua puerca”.  Buenos días y gracias, normalmente eran sus únicas palabras. Así te pasaba el güero los platos de plástico cubiertos de papel de estraza y arriba el taco frío pero, eso sí, con doble tortilla pa’ que amarre.

De vez en cuando Lara notaba que el güero no estaba el fin de semana.  No se veía el agua en la banqueta que quedaba después de levantar el puesto, porque el güero era muy limpio y siempre barría su pedazo cuando la barbacoa se terminaba.  No había taxis, ni gente, ni tacos, ni güero. “Lo anexaron” le dijeron una vez a Lara los vecinos cuando el güero se desapareció más de un mes. “Anexado”  término que Lara desconoció hasta que llegó a donde la vida le salvaron.  Un “anexo” en la terminología de adicciones es un espacio donde quienes tienen ya problemas serios con su forma de beber o drogarse, son internados por varias semanas para comenzar a recuperarse, o a morirse.

Lara conoce los anexos por fuera, pero sabe lo que pasa adentro.  El terreno del alcoholismo es siempre triste, hasta que tocas fondo y llegas al abismo donde solo te queda pedir ayuda o saltar para no parar y morir.  Si pides ayuda y logras detener la adicción, entonces el horizonte cambia, te vuelves una especie de (como los amigos de Lara dicen) un toro indultado por veinticuatro horas, un día a la vez.  En los anexos el indulto es forzado, a veces incluso tortuoso -en el sentido literal de la palabra-.  Por eso quienes logran parar fuera del anexo son privilegiados, consentidos de a quien llaman Poder Superior.

Hoy, domingo de elecciones en la Ciudad de México, Lara se detuvo asombrada al ver el lazo negro junto a la fotografía del güero.  Sintió un nudo en el estómago al preguntar qué había pasado.  Pensó el el virus, el maldito asesino nombrado en 2019 y que en 2020 se llevó a tanta gente y dejó a otras tantas en condicines deplorables, unas de salud, otras de dinero.   Pero no, no fue el corona… el hijo del güero, serio como el ahora difunto, explicó a Lara:  “Vino un sábado a trabajar, empezó a tomar… llegó y todavía acomodó todo lo del puesto pa´l domingo, pero ya no depertó… Se quedó ahí solito, abrazando su botella”.

Lara contuvo el llanto unos minutos pero, antes de llegar a la casilla electoral, rodaron gotas saladas pos su rostro escuchando todavía al muchacho decir:  “El vino se lo llevó”. 

Consternada y tras contactar al mentor, Lara levantó la cara, miró al cielo y recordando al güero, simplemente agradeció. 

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