El por mientras se queda para siempre…

Le gustaba tanto el color morado que aquel día, cuando sus quereres se reunieron para decirle adiós, fueron convocados a vestir alguna prenda de ese color.  Fue una ceremonia linda, diferente, muy emotiva.  

Era un personaje peculiar, gozaba de un azabache sentido del humor.  Sus constantes sarcasmos a veces incomodaban a quienes no le conocían cabalmente, pero a la gente amada como Lara, terminaban por agradarles porque eran parte de su maravillosa y extraña forma de ser -y de amar-

Amante apasionado del golf, acompañó la crianza de 3 bellezas a la distancia. Ellas radicaron desde muy temprana edad fuera del país, luego de que su madre contrajera segundas nupcias.  Por supuesto estuvieron ahí, el día que la parroquia se pintó de morado y fue la segunda de las tres quien avisó a Lara que el día había llegado.  El día en que aquellos expresivos ojos verdes vieron la luz por última vez.

Entrar a su estudio resultaba toda una aventura: tres paredes de la habitación abarrotadas de DVD’s con películas de multitud de géneros e idiomas. Estaban ordenadas alfabéticamente y pobre de quien se atreviera a tomar una y no colocarla nuevamente en su lugar, o que osara intentar poner orden en aquel escritorio repleto de periódicos, facturas por pagar de luz, teléfono y agua, apiladas sobre uno que otro libro a medio leer.  Todo un caos de papeles que jamás careció de bolígrafos, lápices y hasta plumones morados, color que le acompañará por siempre debajo del árbol donde plantaron flores sobre sus cenizas.

Taurino y terco, un glotón tierno y bondadoso.  Obsesivo y de idas fijas como pocos: almacenaba buen número de barras de un jabón neutro que le traían del extranjero porque “esa marca había usado siempre”.  Resentido con todo lo que tuviera que ver con Slim, al grado de no emplear los servicios de telefonía móvil del magnate, a pesar de tener que pagar doble o triple por adquirirlo mediante otro proveedor.  Tenía de corajudo y gruñón lo mismo que de alegre y coqueto. No cambiaba fácilmente de parecer y prefería la soledad cuando se trataba de elegir.

Español como idioma nativo, inglés y alemán aprendidos.  Detestaba las mangas largas aún cuando hubiera necesidad de corbata.  Trajes o sacos, impensables. Extraordinario corrector de estilo y ávido lector.  Opera como preferida, sobre todo al despertar, cuando el sol daba de lleno en su dormitorio porque jamás aceptó que la ventanas debían cubrirse y que el agua caliente importaba.

Poco más de cinco lustros no fueron suficientes para que Lara conociera la totalidad de su cara, barba y bigote le acompañaron siempre… “todo lo que tapa, ayuda” solía decir. Odiaba el olor a cigarro y sostenía que lo chistoso era pariente de lo feo.  Lara conserva muchas frases suyas, sobre todo una que comparte cada vez que se presenta la oportunidad… “el por mientras se queda para siempre”.  La comunión que lograron, por fortuna, no fue por mientras y sí pieza fundamental para entender los episodios depresivos de Lara, siempre respetados y hasta apapachados -siempre y cuando no tocara nada en el estudio y dejara el humo del tabaco para exteriores, por supuesto-.

Le conoció como jefe en la redacción de una revista cuando Lara hacía pininos escribiendo, llegó a odiarlo por las innumerables ocasiones en que le devolvió sus artículos destrozados. Los errores corregidos lastiman el ego, pero verlos marcados en morado llegan a carcomer la entraña. 

La jerarquía de la relación duró poco, la comunión ganó la carrera pero el cáncer de huesos ganó la partida.  No dejó que Lara le viera en las últimas semanas cuando la metástasis en cerebro ya había hecho de las suyas.  Se despidieron antes de que el sentido se perdiera, cuando el dolor no podía esconderse y el malestar de saberse indefenso y la necesidad de ayuda parecía ser más importante que la inminente partida.  Ella quería volver, estar hasta el final, devolverle al menos un poco de los cuidados que recibió antaño pero no ocurrió.  Lara entregó el beso en la frente que le fue solicitado tres semanas antes de vestirse de morado…

No solía presentarse con su nombre, así que Lara le recuerda como respondía el teléfono: simplemente, Guillén.

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