Las puertas del baúl

“No aparezcas más sin avisar…” Así inicia una de las canciones favoritas de Lara, autoría de su amado Silvio.

Esto de la música en la vida de Lara es todo un “tema” como está de moda llamar a casi todo, así: “el tema”. Confieso que, a pesar de utilizar el término, me resulta insulso; pero bueno, aplicaba en esta ocasión. No es frecuente que Lara escuche música que no le evoque algún recuerdo o la traslade a algún lugar, olor, sensación… De hecho, hasta hace muy poco comenzó a escuchar música sin letra, es decir, que no sean canciones. Silvio y el Maestro, su Facundo, siguen siendo y serán los preferidos.

Bien, retomando “No aparezcas más sin avisar”, alguna vez se supo que era algo así como la segunda parte de “Ojalá”, esa que se hizo comercial entre los no seguidores del cubano por romántica, por abrazar el desamor como se intenta, a veces, abrazar el olvido. Y es que Lara era experta en esto de corretear al olvido, de perseguirlo como sabueso a presa, a pesar de miles de fallidos intentos por alcanzarle. Esto también, como muchas otras cosas, ha quedado en el destiempo que en algún momento se consideró único y que hoy se desdibuja para regocijo de Lara.

El anheladísimo olvido finalmente llegó en muchos de los departamentos que conforman el edificio de emociones de Lara. Inevitablemente, con el olvido llegó también el sosiego, el bendito consuelo de dejar de anhelar lo que no pertenece, lo ajeno, lo pasado. Sin embargo, no todos los departamentos de los que Lara es dueña están ahora llenos de presente, del aquí y ahora, de lo que allá en su espacio llaman “por hoy”… lo que resulta todavía un tanto utópico o, incluso, se podría confundir con el autoengaño tantas veces utilizado que pasó a formar, casi por completo, parte de su vida (o de lo que llamaba vida) y que por muy corto margen no terminó con la razón.

Sigue habiendo puertas -muchas- que aún se abren y arrojan con fuerza en el rostro de Lara sentires que se creían sepultados… olvidados, pues. Y hay una, predilecta, que debe mantenerse cerrada por sugerencia del Mentor y de la que Lara no ha podido desechar la llave, quizá porque no la encuentra, porque se extravió como el Unicornio, o porque quiere seguir pensando que no la tiene, que la tiene ese alguien más, el dueño de la mirada que Lara se robó cuando ladrona fue del verde sutil e inconfundible que la cautivó por años.

Por eso, de vez en vez y a escondidas como niño que juega sin permiso, Lara abre esa puerta sin número y disfruta aunque sea por instantes de lo que aún cree que puede llamarse amor. Pero, muy a su pesar, ahora sabe lo que antes no y el autoengaño dejó de ser opción. Así que solo la abre, recibe el ventarrón de supuestos y de líneas creíbles pero inciertas y se apresura a cerrarla, en intentos casi siempre fallidos de poder ya no digamos cantar, sino solo tararear “no aparezcas más sin avisar…”

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